Lentamente, el gancho de realidad me arrastra hacia el mundo real. Era de esperarse. Pero, por suerte, cuanto más use el bálsamo más tiempo quedaré en el otro lado. Cada visita durará más, hasta que ya no haya regreso. Ocho visitas, ya faltan siete. ¡Sólo puede mejorar! Volver al infierno solo hace que el paraíso sea más atractivo. Es un mundo frío y gris, donde la necesidad de alimento es fuerte, y la de protección es dura. Pero hay algo peor. La soledad. Es peligrosa, una mascota muy difícil de domar. Y su mordida es venenosa. No hay cura para algo tan fuerte. Necesito otra botella. Necesito volver.
Los dioses me dicen que ya tienen mi alma. No puedo dárselas de nuevo. Para otra dosis, necesito más gente. Gente que esté dispuesta a regalármela, y así poder cambiarla. Pido un préstamo, pero nadie se lo da a alguien que tiene los ojos negros. Me temen. Me atacan. Lágrimas de ébano brotan de los oscuros orbes. Necesito almas. Busco a mis amigos, y les digo que hay un paraíso donde no hay maldad. Sólo paz. No hay hambre, ni guerra. Les pido su alma, para darles un pedazo de cielo. Juntos, cruzamos el umbral.
La visita duró menos. ¡Fue una mentira desde el principio! Vendí mi alma por nada. Peor que nunca ir al paraíso, es el haberlo visitado, y lluego ser echado de él. Extraño el olor a pasado, el gusto a cambio. A esperanza. Me doy cuenta que nunca podré volver. Y si lo hiciera, sería por un rato. Por lo menos, lo pienso. No, no puedo volver. Mi alma ya no es mía, es de ellos, los dioses. Me engañaron. No aguanto la humillación. El arma está cargada, la cuerda está anudada, la terraza está a un escalón de distancia. ¿Importa el método? No, sólo el fin. Mi fin.
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