Pasen y vean. Esto es lo que he sido, pero no sé si es lo que seré.

lunes, 6 de octubre de 2014

Humanidad

 El último respiro que un ser humano exhaló en la tierra fue registrado por mil cámaras en vivo. Todos esperaban ese momento, el instante donde el hombre ya no sería rehén del oxígeno, como tampoco lo era de los alimentos o el desecho de residuos. Con ese acto, el gobierno había cumplido la promesa de campaña que repetía cada vez que un nuevo problema se presentaba. Dado que el sistema de medición de tiempo fue erradicado, ya no se medía en períodos de gobierno, sino en eficacia. Si un problema no era solucionado, los ciudadanos votaban automáticamente en sus terminales personales por un nuevo gobierno. La promesa de ser libres de las debilidades humanas permitieron al partido gobernante ejercer su cargo desde la gran Quema de Agendas Electrónicas, pero ya nadie lo recordaba así.

 Con el último respiro, el hombre abandonaba su herencia genética. Para no depender de nada más que sí mismo, fue necesario crear medios alternativos, como sangre sintética, y una fuente de energía virtualmente inagotable. El Porennium, desarrollado por Isaac Porenn, permitió a los humanos liberarse de las necesidades de sueño, alimentos y liberación de desechos. Claro que aún podían consumirlos, pero ya no era necesario, y pasaron tantas generaciones de nuevos ciudadanos que ya no se hacía.

 Liberados de la necesidad de respirar, los ciudadanos ya no necesitaban la molesta sangre sintética. Ahora eran una máquina perfecta, con una esperanza de vida virtualmente infinita. Una verdadera edad de oro se avecinaba. Sin necesidad de abrigo, alimento o incluso respiración, ya no había necesidad de trabajar, o ganar dinero, o desarrollar algo. El Último Invento fue desarrollado. Incluso, la última guerra que conoció la humanidad fue antes de la Quema, por lo que ya no habían razones por las que pelear. El mundo vio como la última exhalación del último humano considerado vivo marcaba el fin de la especie humana. Una nueva especie había nacido, pero ellos nunca se darían cuenta. 

lunes, 28 de julio de 2014

Las aguas del tiempo.

 El día renace, como acostumbra. Me levanto con el alba y entro a la ducha. Repaso mis obligaciones del día, y me lamento por varias de ellas. Son simples para el resto, pero yo no las veo de esa forma. Son torturas, son definitorias, son cosas fuera de mi mundo. Desearía no tenerlas. Desearía nunca salir de la ducha. Nunca. Nunca.

 Algo toca mi oído. Me doy vuelta, sobresaltado, y con miedo de perder el equilibro. Veo hacia el lugar, pero no hay nada. Hasta que siento el olor. Su olor. ¿Has tratado de explicar qué es un color, a alguien que no lo sabe? Yo no podría explicar ese olor, ni tampoco esa sensación.

 –¿Quién sos?—pregunto, como si esperara una respuesta.—¿Qué sos?
 – Hola, no te alarmes.

 En ese momento, mis sentidos se dispararon. La extraña voz, que carecía de personalidad, me recordó a todos los seres ficcionales posibles. Muchos de ellos, creados para asustar.

 – No, no temas.—afirmó el ser— No soy dañino.
 – Pero algo sos. ¿Qué sos? ¿Un ángel? ¿Dios? ¿El Demonio?
 – No soy nadie, ni nada. Solo soy. Si quieres ponerme nombre, hazlo. Pero no poseo uno, ya que no existo, ni existí, ni existiré.
 – Pero estás aquí, y me hablas.
 – No, no lo hago. Yo no hablo, más vos sí escuchas.
 – Pero si yo escucho, ¿quién habla?
 – No puedo explicarlo, ya que no tengo la capacidad.
 – Pero conoces mi lengua.
 – No, no es así.
 – ¿Y por qué entiendo tus palabras, que están en mi lengua?
 – Porque es necesario. Yo no soy parte de La Realidad, ni mis palabras lo son, pero tengo que comunicarme contigo, y esta es la única forma directa.

 Dudé. Estaba ante un acontecimiento sobrenatural, el primero que haya vivido. Esto solo ocurre en películas, en novelas o en cuentos de fogata. Si esto es real, ¿cómo puedo afirmar que todo lo contado antes no lo es?

 –¿Qué haces aquí?—pregunté, sin que el miedo se escape por mi voz—¿qué te trae a este momento exacto?

 El hada, duende, ángel, dios o mi propia consciencia rió. No creí que fuera capaz de hacerlo, ya que hasta ese momento lo creí un ser de la Naturaleza, sin personalidad ni motivaciones. Un ser extraño, a decir verdad, que puede hablar sin hablar, y tocar sin tocar.

 – Tu deseo, tonto. Deseaste nunca dejar la ducha.

 Un terror profundo se hizo cargo de mi cuerpo. Como sí apretara un botón, mis piernas comenzaron a temblar, y miles de torturas posibles relacionadas al agua y al encierro crearon más escenarios de los que pude contar. Un genio, seguro que ese ser era un genio, un demonio producto de historias enterradas en las arenas de lejanos desiertos. "Cuidado con lo que deseas..." me contaron una vez. "... porque se puede volver realidad".

 – Pero era una frase hecha, no buscaba quedar encerrado aquí, sino huir de mis problemas.
 – ¿Huir? No, no se puede. Si los creaste, los repetirás. Si los crearon para ti, volverán. Puedo hacer que repitas el mismo trozo de tiempo una y otra vez... Estarás siglos encerrado aquí, pero seguirás en el mismo estado que hace cinco minutos. Puedo hacer que recuerdes todo, o que lo olvides todo.

 Era una buena propuesta. Una solución perfecta para el escaso tiempo que tenía. Bajo el agua cálida las ideas fluirían fuertes y magulladas. Al salir de la ducha, todo se solucionaría. 

 – Acepto, raro ser. Tengo una pregunta. ¿Te recordaré?
 – Si preguntas eso, ya sabes la respuesta.

jueves, 25 de julio de 2013

El bosque.

 Otra vez despierto en la cabaña. Como cada noche una vez al mes, no recuerdo como llegué hasta ahí, ni tampoco por qué lo hago en medio de un montón de pasto. El lugar es modesto, de paredes de barro y techo de paja. Siempre encuentro ropa diferente, comida y una navaja de afeitar. No me pregunto por qué ocurre esto. A veces, las respuestas pueden ser peores que las dudas. Siempre me mantuve lejos del monte, ni intenté llegar a la choza por mis propios medios. Tal vez me resultaría imposible, el tupido follaje de árboles nativos y arbustos frondosos siempre me impidieron crear un camino. Mi forma de escapar es caminar, siempre en línea recta. Cada vez que salgo de ese trozo de naturaleza, los animales vuelven a hacer ruido. Como si respetaran mi presencia. O la temieran.

 Cada mes debo caminar por horas entre troncos torcidos y espinas afiladas como navajas. De adolescente traté de marcar los árboles con mis uñas, pero fue inútil. Nunca volví a ver esas marcas. El bosque tiene vida propia, se regenera y cambia con regularidad. Nunca oí agua o sonidos de animales. Sólo mis pasos, mis saltos, mi cuerpo arrastrándose entre un colchón de hojas. Horas y horas de pensamientos e ideas con cada obstáculo superado. Nunca medí la distancia entre el rancho y el borde del monte, porque siempre era distinta. El sol estaba arriba, cuando las copas de los árboles me permitían admirarlo. Puede que el paseo sólo durara quince minutos, y su dificultad tal vez estiraba el tiempo como si fuera un elástico. Cuando lo soltara, golpeaba mi cara. 

 Hay cientos de preguntas a las que nunca le buscaré una respuesta. ¿Quién (o qué) lleva todos los meses ropa y víveres al rancho de barro? ¿Quién hizo la cabaña? ¿Cómo llego hasta ahí? ¿Mi ropa a dónde se va? ¿Por qué nunca, en todo este tiempo, he visto un camino marcado? ¿Por qué tengo que caminar en silencio, sin oír los ruidos de la civilización, o los de la naturaleza? ¿Por qué nunca me crucé con ningún animal? ¿Por qué siempre tengo la necesidad de irme del rancho? Tal vez, si esperara me encontraría con mi benefactor. Si buscara respuestas, hallaría soluciones. Las noches mensuales de olvido se acabarían. Los días de largas travesías a través de un cerco natural se volverían recuerdos. Las afeitadas con navajas ya no serían necesarias. Aunque nunca lo fueron. Yo creé esa necesidad a partir de la posibilidad.

 Aprendí a disfrutar de las mañanas durmiendo en un montón de pasto. Me volví experto en las afeitadas con navaja. Disfruto el desayuno que alguien muy caritativo me brinda cada mañana una vez al mes. Ya no busco indicios alrededor de la choza. Adoro las peripecias que tengo que sufrir para salir del bosque. Horas de soledad obligada me ayudaron a pensar con claridad, lejos de las preocupaciones de la vida diaria. Lo que fue una tortura, ahora era un escape. Pueden haber un millón de preguntas sin resolver, pero no me importa. Tengo las respuestas que necesito.

viernes, 19 de julio de 2013

Miedo.

 Despierto en medio de la oscuridad. Intento prender la luz como de costumbre. No hay energía. El cuarto tiene muchas cosas pinchudas desperdigadas por ahí. También tiene cosas frágiles. ¿Y ahora? Esperaré. No tengo otra chance. Odio a la oscuridad. Encierra miles de peligros, ¡millones! ¿Exagero? Cuando no se pueden prever los peligros, da lo mismo si es uno o un millón. No sabes que el escorpión va a atacar hasta que lo hace.

 Recuerdo la valentía que tenía de pequeño. Si había oscuridad, creía que habían mil y un monstruos que querían comerme. Pero miraba hacia donde creía que estaban, como esperando a que se acercaran. Creía estar loco por eso, temiendo a cosas que no existen. Si me atacaban, existían, y significaba que no estaba loco. Luego crecí y me dí cuenta de que sí existen. En mi cabeza. No pueden matarme, pero si aterrorizarme. La muerte, la enfermedad, una astilla en un brazo. El temor pasó a ser algo más real.

 La luz volvió. Me levanto. La alfombra se resbala, y caigo. Siento mi zapato en mi espalda, la cabeza contra el suelo, las plantas de los pies separadas del piso. Y el techo, inmaculado. La lámpara de luz me mira con su único ojo. Y ahí me doy cuenta. La oscuridad no crea los peligros, sino que siempre están. Siempre. La posibilidad de tener un accidente ocurre con oscuridad o no. Lo que cambia es el miedo, el miedo a lo desconocido. A las posibilidades. Y si es por eso, vivimos en peligro constante. Pero seguimos volando aviones, saltando en motos a gran velocidad o caminando en la calle. El peligro es real, y el peor es el que se oculta a la luz del día, porque nos hace olvidarnos de los diferentes escudos que usamos para protegernos. Bajamos la guardia.

 La luz nos da falsa seguridad, y es cuando el peligro ataca. Confiamos en ella, y nos traiciona. Ya no temo a monstruos. Temo a la seguridad, a la confianza, a la luz. A la traición de las certezas de una vida. Y ahí es cuando dudo, otra vez. Del piso que me sostiene, del techo que me cobija, de las paredes que me contienen. De lo que puedo tocar, y lo que no. De lo que siento.

miércoles, 17 de julio de 2013

Punto mortal.

 Nunca imaginé que la razón de mi muerte no me afectara. Claro que estoy sorprendido, todos creen que morirán dentro de un millón de años. O veinte. La percepción de ese tiempo es la misma. La muerte está en el futuro, y la preocupación por ella también debería estar ahí. Sin embargo, desde que sabemos que podemos morir la muerte nos obsesiona. Tomamos muchas precauciones para que ese día no llegue pronto, por más que sabemos que esa oportunidad puede estar a la vuelta de la esquina. No es mi caso. Sé cuando moriré. El camino hasta ese conocimiento no me interesa. Sé que importa, porque puede ser una broma de mal gusto. ¿Y si no lo es? ¿Si todas las historias que nuestra mente adulta procesa como ficción resultan ser verdaderas? ¿Y si en verdad existe Avalon, Asgard, el Monte Olimpo, o el Paraíso? Pero esto no es una posibilidad. Sé cuándo y donde moriré. Y me asusta.

 Suena raro que un dato así me dé miedo. Puedo tratar de evitar ese fin, ordenar mi vida antes de que llegue o adelantarlo ahora mismo. Pero claro, dentro de ese veredicto está la imposibilidad de hacerlo. Tal vez la segunda sí, ordenar mis asuntos antes de irme a dormir. Es algo que siempre hice, ¿qué podría cambiar ahora? Como el condenado que se enfrenta al hacha del verdugo, solo puedo aceptar de forma pasiva a que el momento llegue. Tratar de evitar mi muerte traería catástrofes al sistema espaciotemporal. O eso me contaron. En verdad no me importa. Tal vez siempre quise morir, y esta es una buena forma de hacerlo. Dejar esa tarea a manos más capacitadas, tal vez para que ellos carguen con la culpa que no me atrevo a portar.

 La hora se acerca. El escenario está armado. Las luces están colocadas. El telón está bajo. El pianista está en su posición. La violinista está por llegar. La calle está desierta, como estaba previsto. Solo falto yo, que llego tarde a la representación de mi propia muerte. Corro hacia el punto donde un vehículo me interceptará. 05:56. Hora de morir. Atravieso la calle como un condenado, una oveja que espera la muerte. No, no aparece. El camión a contramano no aparece. ¿También él se cuestionó la muerte? ¿Habrá querido huir de una vida de sufrimiento? Cargar una muerte es feo, lo entiendo. Pero más feo es negar tu destino.

 Ya suenan las seis campanadas de la catedral. Mi ómnibus hacia el viento no pasó. Vuelvo con la pena de un actor que no cumplió su papel. La muerte tal vez no es para mí. Tal vez es para esas personas que no piensan en ella, que no la esperan, pero que les llega. Como a todos. Vuelvo desilusionado. Hoy era el día, mi día. Ahora tendré que volver a mi aburrido trabajo, doce horas tras un volante que me odia. Es un sentimiento mutuo. Tal vez, cuando salga de él, vuelva a ver si ese inconsciente se dignó a matarme. Espero que, esta vez, no llegue tarde.